Nacionalismo y liberalismo

Blas Guerrero repasa, en primer lugar, la actitud dominante entre ideólogos y hombres de Estado liberales respecto el nacionalismo cultural a lo largo del siglo XIX. En segundo lugar, analiza la relación entre liberalismo y el nacionalismo político, al servicio de un proyecto de Estado nacional con los casos francés y español.

La visión liberal del nacionalismo cultural

En la primera mitad del siglo XIX el liberalismo ofreció su apoyo al nacionalismo cultural en la lucha de las nacionalidades irredentas contra los viejos imperios europeos (Austro-Húngaro, Ruso, Otomano). De igual manera que la ideología liberal-democrática quebraba el legitimismo monárquico del Antiguo Régimen, el principio de las nacionalidades cuestionaba el orden internacional surgido de la Restauración absolutista.

Además, el liberalismo trasladaba los principios de autonomía y libertad de la esfera individual a la de los pueblos, que se convierten en sujetos de derechos. Se aplican, por analogía, todos los principios liberales formulados con referencia a los individuos. Sin embargo, un análisis en profundidad del nacionalismo orgánico alemán, revelaba su incompatibilidad con el gusto por la libertad individual, con la fidelidad a la razón y al utilitarismo propios del liberalismo.

Los viejos imperios descubrieron las posibilidades del discurso nacionalista. El nacionalismo de griegos y rumanos tuvo un aliado en la Rusia de Nicolás I cuando ésta se enfrentó al Imperio Otomano y en las ideas paneslavas del zar Alejandro II. En Prusia, el canciller Bismark articulará el proyecto del nuevo Reich a partir del concepto de la <<pequeña Alemania>> que negaba el nacionalismo cultural defendido por los profetas de este nacionalismo.

La tendencia liberal prefiere los procesos de unificación política.

Liberalismo y nacionalismo político: Francia

Nacionalismo democrático.

Francia representa el origen del nacionalismo político de carácter liberal. Es la revolución de 1789 la que crea el recurso a la nación y la ideología nacionalista para sustituir a los viejos expedientes de legitimación del absolutismo monárquico del Antiguo Régimen.

 

En los años centrales del siglo XIX, J. Michelet, H. Martin y Quinet alimentaron este nacionalismo de inspiración revolucionaria y liberal. Michelet fusiona la historia de Francia y la revolución de 1789 para forjar un sentimiento nacional francés que supera las disputas partidistas.

A pesar de la deriva conservadora, reaccionaria y fascista del nacionalismo francés desde finales del siglo XIX, se mantuvo el nacionalismo liberal, democrático y republicano, en el que se incluye también la tradición socialista de J. Jaurés y P. Lafargue, durante el siglo XX. Unidos a los principios de secularización y defensa del sistema de enseñanza pública, esta corriente democrática de centro-izquierda defiende la idea de patria y patriotismo en la que se identifica a la república con la patria.

Nacionalismo conservador: Charles Maurras.

La derrota en la guerra franco-prusiana (1870), la justificación del colonialismo francés y el impacto del caso Dreyfus impulsarán la eclosión de un nacionalismo conservador, reaccionario y de carácter antiliberal. Charles Maurras se convirtió en el principal representante intelectual de esta corriente conservadora desde finales del siglo XIX hasta el final de régimen de Vichy.

El antisemitismo, el temor a la conspiración judeo-masónica, la xenofobia, el carácter católico y enemigo del protestantismo caracterizan el pensamiento nacionalista maurrasiano. Mezclaba estos elementos tradicionalistas con una actitud cientificista y positivista en un estilo literario rotundo y brillante.

La base social de este discurso político del nacionalismo ultraconservador, en Francia y en el resto de Europa, fueron la pequeña nobleza provinciana, la vieja burguesía y los profesionales ligados al viejo orden, todos ellos grupos sociales sentenciados por la historia.

Maurras no fue un autor fascista. Sus ideas, de raíces católicas y antijacobinas opuestas al centralismo, a la burocracia y al protagonismo del Estado, el aire filoaristocratizante y el chauvinismo feroz contra Alemania lo alejaban ideológicamente del fascismo. Sin embargo, la oposición común al liberalismo ligaron el proyecto intelectual y político de Maurras a los fascismos europeos.

M. Barres fue otro escritor vinculado a este nacionalismo conservador. Se diferencia de Maurras en las esperanzas que depositaba en la energía de la nación como instrumento para frenar la decadencia. El antisemitismo, la xenofobia y el discurso político lo situaron en posiciones cercana al fascismo.

John Stuart Mill

En su obra Consideraciones sobre el gobierno representativo, J. S. Mill defendía el principio de las nacionalidades. La nacionalidad está constituida por la reunión de hombres que desean vivir bajo el mismo Gobierno, que debe ser ejercido por representantes de ellos mismos. El sentimiento de nacionalidad puede haber sido engendrado por la identidad de raza y origen, de lengua o de religión.

Como principio general toda nación debe tener su Estado: <<los límites de los Estados deben coincidir […] con los de la nacionalidad>>. Pero a la hora de ponerlo en práctica, Stuart Mill indica varias excepciones. En primer lugar, en lugares en los que los grupos étnicos estén divididos y mezclados, como era el caso de eslavos, magiares, rumanos y alemanes en el Imperio Austro-húngaro. También quedan excluidas las realidades nacionales culturalmente poco desarrolladas que se benefician de su inclusión en el seno de las grandes naciones europeas: Escocia y Gales en Gran Bretaña, la Navarra francesa en Francia. El caso irlandés también queda fuera de la aplicación del principio de las nacionalidade ya que el problema se solucionaría con una política agraria que favoreciera el arrendamiento de la tierra entre el campesinado.

El pensamiento de Mill combina actitudes liberales y progresistas (el Gobierno en manos de los ciudadanos) con otras conservadoras. En estas últimas destaca la defensa que hace colonialismo y del despotismo ilustrado como forma de gobierno para las <<razas menores>> porque <<es una modelo legítimo de gobierno cuando se trata de pueblos bárbaros>>.

Lord Acton

El grueso de los enfoques liberales sobre la cuestión del nacionalismo en el siglo XX se inspiran en las palabras e ideas que Lord Acton escribió en el ensayo Nacionalidad (1862).

Acton subraya la contradicción entre los valores del individualismo y la existencia de unas supuestas fuerzas naturales (las naciones culturales) a las que estaría encomendada la determinación de la forma, el carácter y la política del Estado. Se opone, por tanto, a la aplicación absoluta del principio de construir un Estado sobre una nación: <<La combinación de las diferentes naciones en un Estado es una condición tan necesaria en la vida civilizada como la combinación de los hombres en la sociedad>>.

La existencia de un sujeto colectivo reclamente de derechos políticos con independencia de la voluntad individual es una explícita y rotunda negación de la libertad.

Partidario de la difusión del poder y del pluralismo no defiende soluciones centralistas para el problema de las nacionalidades. Por el contrario, está convencido de la eficacia de un reparto vertical (federal o autonomista) del poder sobre las bases de las realidades de las naciones culturales, pero sin una aplicación absoluta del principio de las nacionalidades que niega al Estado la capacidad para garantizar el pluralismo y las libertades de los ciudadanos. Así defiende el Home Rule para Irlanda como forma además de satisfacer una injusticia histórica con este territorio británico.

Como historiador, le irrita el uso del término <<nacional>> proyectado al pasado porque la idea de nación es un proceso reciente del mundo occidental. [Los visigodos no eran españoles, ni los galos franceses, la conciencia de nación no existía entre ellos].

Ernest Renan

La visión de Renan sobre la nación y el nacionalismo proviene de su conferencia de 1882 en la Sorbona <<Qué es una nación>> y de las <<Cartas a Strauss>>, obras condicionadas por el trauma de la guerra franco-prusiana de 1870 y de la anexión de Lorena y Alsacia al imperio alemán.

Renan era un convencido europeísta, partidario de una confederación europea, y, a la vez, un patriota francés. Defendía un nacionalismo liberal en el que subrayaba la importancia de la voluntad de los ciudadanos en la formación de la nación, principios heredados directamente de la revolución de 1789.

Admirador de la filosofía, la historia y la teología alemanas, tras la humillación en la guerra de 1870, Renan intentó distinguir entre la Prusia culpable y la Alemania víctima del militarismo prusiano.